jueves, 23 de febrero de 2017

DUENDES EN MADRID

La casa del duende

En la noche del 2 de noviembre del año 17... caminaba. deprisa por las calles de Alsa piernas y Arrastra... cu... a la vera de los trufaldines de los Caños, el Rosario de Nuestra Señora de la Esperanza, vulgo del Pecado Mortal, acom­pañado de pobres del Ave María. Entre saetas y preces, exorcismos y lamentos, se improvisaba algo así como una protesta mística contra la Santa Inquisición que acababa de poner a buen recaudo a la Beata Clara, milagrera de ofi­cio, mujer muy afamada, que daba recetas a las damas, audiencia a los Ministros y permitía escenas muy poco . edificantes a sus íntimos, que por pura devoción arranca­ban el yeso de las paredes de su virginal alcoba para guar­darlo a guisa de talismán o reliquia.


Los hermanos del Pecado Mortal, entre salto y salto, se arremangaban muy pulcramente las sotanas y se tapaban las narices, porque aquel día la turba del arroyo tenía cre­cida y era mayor el número de animales muertos, esparci­dos por allá y acullá, para modificar con sus gases el aire seco y penetrante del Guadarrama.
Pues aunque cause asombro, es necesario decir que la ciencia higiénica de aquellos tiempos apadrinó la mons­truosidad de que los aires delgados del invierno se modifi­caban y se hacían más sanos y respirables cargándolos de amoníaco; y al efecto de producirlo fulminantemente, se arrojaban a las calles y a las plazas los animales muertos el estiércol de las cuadras, las aguas corruptas y las inmundicias, creándose así una atmósfera tan especial, tan salu­dable y limpia, que a no dudarlo contribuyó, en modo funesto, a degenerar la raza, antes vigorosa, de los infeli­ces habitantes de esta Villa y Corte.
Para llegar a la calle del Conde-Duque por las proximi­dades del Campo del Moro, entonces vertedero y hoy ame­no vergel, la cofradía del Pecado Mortal había recorrido a saltos en zigzag, además de las calles que quedan citadas, la de «Elbeso», «Nardoflorido», «Salsi-puedes», «Tentetie­so», «Pulgas», «Enhoramala vayas» y «Bodegones». Es decir, un diccionario completo de nombres incultos; un repertorio de pasquines de gusto depravado, una plantilla sucia, cuando no obscena y desvergonzada de las aficiones palatinas, de la ignorancia del pueblo, de lo contrahecho de los espíritus, de lo descarriado de la devoción y del rus­ticismo agusanado que pisaba con zapatos alcañados y dé orillo de suela plana los regatos que, desde las casas de malicia, tenía que vadear para ir a misa de alba por las aseadas calles de «Válgame Dios», «Medio cuartillo», «Jabón» y «Alsa piernas».
¡Qué horror de calles, de policía y de costumbres!
Detrás de los hermanos del Pecado Mortal iban en dos filas, los Capuchinos de la Paciencia, con velas verdes alumbrando una imagen de Cristo crucificado, muy vene­rado en la Iglesia de dichos Padres, que sólo salía en pro­cesión en los acontecimientos y aflicciones públicas muy trascendentales. Detrás de los frailes, dos Inquisidores con una taifa de alguaciles de Corte y soldados de la fe, que custodiaban al verdugo y, a distancia honesta por si acaso, una bandada de curiosos y curiosas de todas las clases y procedencias.


¿Qué novedad podía justificar un aparato nocturno, entre divino y profano, tan alarmante y misterioso como el que los transeúntes, atraídos por la campanilla medrosa del Pecado Mortal, descubrían en la oscuridad de la noche, a luz de velas amarillas y verdes y de farolillos y candiles colgados en las ventanas de'la viejas devotas?
Pues lo que ocurría era un suceso muy grave.
Había sido denunciada a la autoridad eclesiástica la casa del Duende, sita en la calle del Conde-Duque, junto al trozo que se llamó del Duque de Liria, y la Iglesia, provis­ta de exorcismo y excomunio-nes, se preparaba a regar las paredes del casón con el hisopo santo cargado de agua bendita. Se había encargado de la augusta ceremonia al obispo de Segovia, que debía llegar por el Pardo y la Mon­cloa, al amanecer, con sus familiares y corchetes.
Ésta era la causa del bureo matinal, de la profanación del Santo Rosario voceado con tono fúnebre, irreverente, según la costumbre, por los susodichos cofrades anda­riegos del Pecado Mortal, en jerarquía civil muy supe­riores a los de la ronda, también madrugadora, de pan y huevo.
La Inquisición había instruido el proceso, bajo la base de un papel escrito por los vecinos, del Conde-Duque en que se hacía constar, con espanto, los siguientes hechos que extractamos del Diccionario de localidades de Fernán­dez de los Ríos.


Primero; que hallándose cierta noche, en la casa del Duende, unos jugadores disputando sobre sus ganancias y pérdidas, apareció, sin saber cómo ni cuándo, un enano, exigiéndoles que guardasen silencio, y desa-parecio como sombra chinesca.

Item. Que habiendo seguido el alboroto después de atrancar las puertas, se presentó otro enano, horrible de ver, y repitió el recado, amenazando a los jugadores si no callaban.

Item. Que habiendo dispuesto colocar un jayán tras la puerta, con espada desnuda, para impedir la entrada de todo bicho viviente, hubo una tercera aparición, y tercera intimidación del enano, que no pudo ser habido, aunque se echaron sobre él los jugadores.

Item. Que habiendo seguido el juego y la algazara, con alguna indecisión por parte de los tímidos, pero con muchas balandronadas de los valientes, se presentaron veinte enanos armados con látigos, apagaron las luces y la emprendieron a bergajazos, a éste quiero a éste no quiero, hasta que no dejaron títere con cabeza. Los jugadores huyeron; abandonando la mesa y el dinero, y no han vuel­to jamás por la casa.


Item. Que, al cabo de algún tiempo, alquiló la casa la marquesa de las Hormazas, desafiando los temores del vulgo, y que dispuso que los cuartos se adornaran con lujo. Que cuando acababa de salir el Mayordomo, para encargar un cortinaje, se presentaron los enanos trayéndo­lo tal como deseaba la Marquesa en dibujo y colores; que la pobre señora se desmayó, y cuando volvió en sí, el cor­tinaje estaba colocado; que muy asustada la inquilina, mandó llamar al confesor; y que no habían llegado los emisarios al convento, cuando ya venía el fraile acompa­ñado de uno de los enanos, con lo que, aumentando el pas­mo de la relatada Marquesa, no esperó más apariciones huyendo de la casa.
Item. Que años después fue a vivirla el canónigo Mel­chor de Abellaneda, riéndose de los duendes. Que un día estaba escribiendo al Obispo, pidiéndole un libro, no bien hubo escrito el título, entró un enano, y puso el volumen sobre la mesa. Que a la mañana siguiente, acababa dé encargar al paje que llevara a la iglesia de Afligidos, el recado de celebrar, sacándole blanco, cuando se presentó un enano con otro encamado, que era el que marcaba la Epacta. Que sin esperar más embolismos, el canónigo puso pies en polvorosa y se alejó de Madrid.

Item. Que en la buhardilla de la casa habitaba una lavandera vieja, que un día de lluvia se retiró temprano del río, dejando la ropa en una casilla. Que habiendo sabi­do que él Manzanares tenía una gran crecida, daba ya por perdida la ropa, cuando apareció un enano trayéndola con dos mozos, lo cual admiró y mucho a la pobre lavandera.

Item. Que en consecuencia de tantos y tan repetidos actos diabólicos, perpetrados por duendes y endriagos, en la mencionada casa de la calle del Conde-Duque, nadie quería vivir en ella, excepto los malhechores que la bus­caban para burlar a la justicia, y los reos de lesa Majestad, como Valenzuela, para ocultarse en los sótanos y ponerse a cubierto del merecido castigo. Por todo lo cual, pedía el vecindario pacífico, escandalizado y amedrentado, que se pusiera mano en el asunto y que, si era preciso, se derri­base la casa hasta los cimientos y se sembrara de sal el hueco, a fin de que nunca más se repitiera el espectáculo de los duendes, que es muy poco cristiano y por el contra­rio da malísimo ejemplo, por lo que tiene de infernal, de mágico y de brujería.


El Tribunal de la fe, que ya andaba muy escamado con lo que se decía de la casa del Duende, admitió la demanda y acometió las pesquisas con impaciencias tales, que en pocos días tuvo los autos en disposición de dictar senten­cias, y sin más demora se falló que debía exorcizarse el edificio y asaltarle, a viva fuerza, hasta coger al Duende, y que una vez aprehendido, se le descuartizará a golpes de tenaza para asarlo después en la hoguera.
Éste era el motivo fundamental de aquella asamblea matutina, congregada a son de pregón, en Segovia y en Madrid, en los barrios altos y bajos, y en las mismas igle­sias, después de las vísperas.
Cuando el Obispo hizo acto de presencia en el campo de operaciones, no se escuchaba ni el zumbido de una mosca. La casa estaba cerrada a piedra y lodo. Por los res­quicios de las ventanas no se percibía un milímetro de cla­ridad. El edificio parecía abandonado y sin embargo, alguien de vista de hiena notó, que por una chimenea de ladrillo salía un hilo de humo imperceptible.


La observación fue comunicada al señor Obispo, y la ceremonia empezó en el acto, rociando con agua bendita las paredes de la casa, mientras se rezaban, a media voz, oraciones que articulaba su Ilustrísima gangueando y re­petían en coro frailes y soldados, cofrades y curiosos.
De pronto un grito estentóreo de consumatum est salió de las filas y aquel ejército de fanáticos e ignorantes se arrojó sobre la casa con picos, palas, azadones y otras herramientas de destrucción. Las puertas cedieron a las primeras cargas, y el torrente humano invadió el edificio, no dejando cuarto, ni desván; ni cueva, ni pozo que no se registrara. Y por cierto que a nadie encontraron, ni arriba ni abajo, lo cual hizo que lós invasores se retiraran tristes y desalentados, dando contra los muebles la furia que no lograron descargar sobre las personas.
La del alba sería ya, cuando la calle del Duque de Liria y sus adláteras quedaron otra vez limpias de polvo y paja, aunque no de malos olores.
La hermandad del Pecado Mortal tomó silenciosa a su calle del Rosal,


(Casa del pecado mortal en la calle del Rosal)

 frente a la plaza de los Mostenses, los frai­les capuchinos a su convento, los alguaciles y soldados de fe a sus respectivos cuarteles, el Obispo, en su mula man­chega, de regreso camino de Segovia, y los curiosos del auto, cabizbajos y alicaídos; desperdigándose por los callejones de atajo para llegar a sus viviendas a la hora del aguardiente, del chocolate y de las sopas de ajo.


Media hora después, 40 hombres, no enanos, sino altos, fornidos y resueltos, de rostro tostado por los alambiques, salieron en buen orden de la casa y cuando estuvieron en la calle se dispersaron después de despedirse con apretones de manos.
Eran los duendes de aquella mansión solitaria.
Unos monederos que acuñaban dobillas falsas del Bra­sil, reclamados por la justicia y condenados a muerte en rebeldía.
La casa, con su fantástica tradición a cuestas, quedó desierta y así ha llegado hasta no ha muchos años.
Los enanos del zurriago no volvieron a verse, ni las excéntricas marquesas, como la de Hormazas tampoco, ni canónigos como Avellaneda, ni nigromantes, ni otros monederos falsos, que algunos pobres vergonzantes, a quienes, por cálculo, se dio albergue, para ver si así se per­día el hilo de esta leyenda.
Ello no ha podido conseguirse, ni se conseguirá nunca, porque ha quedado impresa en la memoria del pueblo.
La casa fue derribada hace ya mucho tiempo. En su lugar, queda, dicen quedó oliendo a azufre, el solar abandonado.
El solar del... Duende.


Leyendas y Anécdotas del Viejo Madrid F.Azorín

Madrid Viejo R.Sepúlveda







LAS ARREBOZADAS

Es indudable que el siglo XVII fue un siglo de gran piedad.


Pero leyendo las memorias y avisos del tiempo se ve que hubo que reformar las costumbres, porque el desenfa­do de la devoción y la soltura sacroprofana, con la que se celebraban las grandes solemnidades, de la Iglesia, dio lugar a abusos y vituperios que preocuparon a la Corte y al Alto Clero.
Por ejemplo, en los días de Jueves y Viernes Santo, al paso que se prohibía circular en carroza y en carricoche, se autorizaba a las damas, a título de hallarse embarazadas, para que pudieran andar en sillas de mano lo cual excitaba grandemente la curiosidad y no pocos antojos.


Para estos días excepcionales de los peatones, se reser­vaba el lujo de las sillas de ébano, embutidas de plata, con tela de brocado y bordados de oro, y no hay que decir que la devoción; de este modo tan confortablemente estableci­da, atraía a las iglesias, sin dejar una, a todas las católicas de Madrid, modelo de elegancia siempre, de buen gusto y de fervor devoto.


A la puerta de los templos ofrecían los galanes a sus damas palmas sin bendecir con lazos simbólicos, y no dejaba de haber reyertas y estocadas cuando eran más de uno y de dos los que se creían con derecho a hacer el regalo o, por causa del manto, tomaban a una dama por otra.
Concluidos los oficios, el galán, dice Fernández de los Ríos, llevaba la palma ya bendita a casa de su dama y la colocaba en el balcón o en la reja de citas atándola con cin­tas de seda encarnada, negra, verde y blanca, para facilitar el transeúnte la relación, del estado de su amor oculto por el abecedario de las cintas.
El Miércoles Santo se paseaba por las lonjas de los tem­plos, con reconcomios místicos tan desleídos que edifica­ban de santo ardor a los tibios. Las damas llevaban este día matracas, como posteriormente habrían de hacerlo los niños, de maderas escogidas, regaladas por los lindos y talladas con jeroglíficos de la pasión de Jesús conjunta­mente con los de la suya propia. ¡Qué descaro!
El Jueves Santo no era día de ayuno, como lo fuera des­pués, sino de gula.
Las puertas de las iglesias se poblaban de confiterías ambulantes, despachos de vino y pan, buñolerías, sardinas fritas y empanadas de ternera. En las tribunas de los caba­lleros y en las sacristías, se aderezaban suntuosas mesas que se llamaban colaciones, en las cuales bebían sorbos de hipocrás los que salían de velar al Santísimo y se entrega­ban a repugnantes orgías.


El escándalo ha llegado
en España a tal aumento,
que en banquete descarado
se convierte el Monumento
de Cristo Sacramentado.

Siguiendo el mal ejemplo, los fieles compraban dulces y pasteles a las puertas de las iglesias y los comían dentro sin ninguna aprensión.

Vargas dice a este propósito los siguientes versos:

Fui a la iglesia con las niñas
el día de Jueves Santo,
e acallamos nuestro llanto
empapándole en rosquillas.

En el artículo «El Jueves de Corpus en 1623» se consig­na la costumbre que tenían las damas de velar al Santísimo con el rostro tapado y una vela o hacha de lujo encendida. Ampliando el susodicho artículo puede manifestarse que como los monumentos estaban encendidos toda la noche y las iglesias abiertas, fue del mayor tono visitarlas tarde para acompañar, galantear y enamorar a las damas que velaban cubiertas con sus mantos. El jolgorio en el templo, de doce a una, el desorden y la profanación ante la Urna Santa díe­ron motivo a leyes y bandos enérgicos que no por eso se cumplieron. A las que velaban, así compuestas y tapadas, se las llamó las arrebozadas, y el culto impío al rebozo y al misterio continuó hasta fin de siglo.
En la Biblioteca Nacional hay documentos que enumeran estos escándalos. No vamos aquí a citarlos, pero copiaremos sin embargo, una composición de la época para que se vea que no exageran los libros de donde ella se ha extraído.

Ayer, en el monumento
que ponen los Mercenarios,
cargada de escápularios
vide a mi dueña e tormento.

Rezaba con fervor santo
e entre estación y estación,
endulzaba su oración
comiendo bajo del manto.

Viendo su tal apetito
e deseando obsequiarla,
me salí para comprarla
dulces de san Antoñito.

E volviéndome a su lado
cargado de confitura,
hallé en ella. mi ventura
después que hubo rezado.

Que luego que el cucurucho
abrí para regalarla,
forcé la mano besarla
e non me la quitó mucho.


Así velaban y en el amor humano se inspiraban las arrebozadas del siglo XVII, las señoras de aquel período caballeresco cuyo lema fue Por Dios y por mi Dama, las guardadoras despreocupadas, ingenuas, del honor conyu­gal y de la fe, las tiernas esposas, las hijas y las madres de aquella raza afeminada, descosida, que nos llevó co­ronados de flores a la humillación por la senda de los pla­ceres.
Arrebozada fue la dama, que desde el palacio de Pas­trana, suscitó la idea del asesinato de Escobedo. Arreboza­da la que, en las tinieblas de San Martín, sintió su rostro humillado por la mano de un hombre que le arrancó el manto.
Sabidas son las consecuencias fatales que tuvo este descomedimiento.


Don Francisco de Quevedo, que apoyado en un pilar, seguía el orden de la palabra divina, contemplando, quizás con embeleso; aquel bulto arrebozado anónimo cuyas líneas y contornos permitían adivinar un ideal de belleza, cogió de repente al caballero descortés por el cuello y arrastrándole fuera del templo, con arrogancia le dijo:
-¡Bellaco! ¡Vas a morir!
Las espadas saltaron en seguida, se cruzaron con ardor y del choque fulgurante de los aceros salieron algunas cen­tellas: de inmediato un cuerpo humano quedó tendido y muerto a la puerta de la iglesia. Quevedo limpió con la capa la hoja de su espada y, asegurándose los anteojos, partió muy tranquilo a su posada.

No es poco lo que dieron que hablar, con sus mantos, las damas arrebozadas.



Historias y Anécdotas de Madrid F. Azorin

Madrid Viejo R.Sepúlveda











lunes, 20 de febrero de 2017

LAS SEDES DEL CASINO DE MADRID

El Casino de Madrid nació a mediados del siglo XIX, teniendo por sitio un viejo café, el café de Sólito, aunque como acudía muy poca gente, algunos humoristas le llamaban " de Solito ". (Ya en 1818 se hablaba de Antonio Sólito y sus incursiones en el negocio de los cafés madrileños. Ese año abrió el Café Buen Gusto al principio de la calle de Alcalá, frente a la desaparecida iglesia del Buen Suceso. 


Calle de Alcalá frente al solar de la iglesia del Buen Suceso

En 1822 otro en la calle del Príncipe, esquina a la del Prado). Aquí comienza nuestra historia. Fue primer presidente de este Casino de Madrid el general Fernández de Córdova. Para ampliar la capacidad del Casino, se alquiló el piso primero, por el módico alquiler, dada la extensión del inmueble, de veinticuatro reales de vellón diarios.

El primer mobiliario era de sillas de anea y mesas de pino, con las paredes de ladrillo rojo cubiertas de estera valenciana. Allí se reunían los primeros socios a jugar al tresillo o al "ecarté", tomando cafés que subían del café Sólito, y hablando de política, que era la conversación más divertida en aquellos tiempos.

El acuerdo de fundar este Casino tuvo lugar en los primeros días del año 1836. Uno de sus fundadores, Carlos Latorre, consiguió reunir seis duros para los primeros gastos de instalación. Oficialmente, el Casino abrió sus puertas a los socios el 16 de Enero de 1837. En el año 1840 se trasladó al número 28 de la calle del Príncipe, buscando mayor amplitud para sus salones. Entonces,  durante diez años se llamó "Casino del Príncipe ". En 1850 se trasladó a la que había sido residencia del marqués de Santiago, en el número 29 de la Carrera de San Jerónimo.

Al trazarse la calle de Sevilla, el edificio desapareció. El Casino entonces se fue buscando mayor espacio. Pero en los años en que estuvo en la carrera de San Jerónimo fue cuando cobró mayor importancia y más fama, en Madrid y en España entera. Los principales personajes políticos, militares y científicos de la capital se reunían y jugaban allí, y se cuenta que, en una sola noche el marquésde Serrañola perdió 100.000 duros.

Otro de los los locales del Casino de Madrid fue el de la calle de Alcalá casi esquina a la de Sevilla. Lo que fue en otro tiempo edificio de la Equitativa era un solar. Desde los balcones del Casino, los socios principales vieron levantarse la Equitativa, y cuando estuvo terminada, se trasladaron allí, a su piso principal. El Casino iba subiendo incesantemente. Por su cuenta, el Casino de Madrid, ya rico, levantó su edificio en plena calle de Alcalá, en el núero 13, luego 13 y 15. El Casino pagó por las casas compradas 1.600.000 pesetas y gastó seis millones en la construcción e instalación. Comenzaron las obras en 1904. Se presentaron muchos proyectos de los cuales la Junta directiva adquirió la propiedad de los seis seleccionados, acoplando detalles de unos y de otros para la mejor presencia del edificio.


El Casino Archivo Ruiz Vernacci

Hoy podemos admirar esa maravilla en nuestra calle de Alcalá y que sea por muchísimos años. Amén.

Texto basado en la Historia de Madrid de Federico Bravo Morata.



jueves, 16 de febrero de 2017

AÑO 1916 LA CONCIENCIA ACUSA



Un día de diciembre de 1916 un señor correctamente vestido pidió ser recibido por el director general de Seguridad. Los funcionarios de la secretaría le invitaron a identificarse y el visitante dijo ser Ramon de los Santos Marracci, de profesión odontólogo. Instado a explicar la causa de su visita, se negó, aclarando que se trataba de un asunto "muy personal, muy urgente y gravísimo". El director general de Seguridad le recibió bastante intrigado con la extraña visita, y cuando el desconocido se halló ante la primera autoridad policial le dijo sin ambages:

- Vengo a entregarme;a la vez vengo a denunciar a mi esposa. Entre ella y yo asesinamos hace tiempo a don Dionisio Campios Alegre.

El director preguntó:

-¿Quién era el señor Campos Alegre?

- Era el esposo de mi esposa.

Puede calcularse el asombro del primer policía del país al escuchar aquello.

-Cuando mi actual esposa era la esposa de Dionisio, ella y yo nos pusimos de acuerdo para asesinarle, a fin de que, ya viuda, pudiéramos contraer ella y yo contraer matrimonio normalmente.

El director general de Seguridad ordenó la diligencia de denuncia propia y el pase al juez del visitante, convertido ya en detenido. También se ordenó la detención de la esposa de la víctima y del asesino. Cuando ambos estuvieron en presencia del juez, Ramón de los Santos de ratificó en lo dicho en la Dirección General de Seguridad, y su esposa, María de los Angeles Mancisidor, también. No hubo la menor violenciaentre ellos: los dos habían estado de acuerdo en denunciarse a si mismo, a pesar de los varios hijos del matrimonio y de las durísimas penas que, estaban seguros, les esperaban.
El revuelo que aquel asunto formó en la prensa madrileña fue enorme. Se ordena desenterrar el cadaver de Dionisio Campos para practicar un reconocimiento, aunque en realidad era innecesario, ya que María de los Angeles y Ramón no solo se denunciaron a si mismos, sino que dieron toda clase de detalles acerca de cómo habían asesinado a Dionisio.
Había sido ella, mujer de rostro atractivo y dulce, quien pidió a Ramón un veneno activo "para acabar con aquella situación". Ramón suministró a María e los Angeles un paquetito conteniendo arsénico 


abundante. María de los Angeles echó ocho gramos de arsénico en un vaso de leche que dio a su marido. Luego, el luto, el tiempo, el olvido y la nueva boda, pero no contaron con DOÑA CONCIENCIA.

Para saber mas:

Hemeroteca ABC de 10/10/1917 pag. 12 y siguientes



sábado, 11 de febrero de 2017

MADRID AYER Y HOY

Serie de 13 fotografías que únicamente pretende ser un juego del ayer y el hoy


Con la basura por la Gran Via


Un paseo por Puerta Cerrada


Así veían el anuncio quienes iban al Mercado de la Cebada


Se despeja la niebla


Sorprendidos observan


Destrozos en la plaza de Antón Martín ( farmacia del Globo )


Haciendo prácticas de tiro


Ahí siguen


Pisando las flores sin ningún miramiento


Desde el edificio Apple

Banda de trompetas y tambores


Jugando enfrente de Palacio

Avanza la noche o el día en la calle de Segovia?














jueves, 9 de febrero de 2017

LA PLAZA MAYOR

Desde los tiempos de Juan II, a principios del siglo XV, viene ya haciéndose mención de la Plaza del Arrabal, extramuros de la puerta de Guadalajara, en el mismo sitio que ocupa hoy la Mayor y más central de la villa; aunque entonces debió ser de forma irregular y cercada de casas pobres, propias de un arrabal; pero a medida que este fue creciendo en importancia, y dedicándose al comercio la parte inmediata a la antigua entrada principal de la villa, fueron también renovándose aquellas y dando lugar a otras, generalmente destinadas a tiendas y almacenes, algunas construidas por cuenta de la villa, como lo fué la Carnicería y otras.En una real provisión del rey Felipe II " cometida al licenciado Cristobal de Toro para que informase que costaría hacer unas tiendas en la Plaza del Arrabal y si seguiría utilidad en hacerlas quedando su fábrica para los propios de la villa.

El estado de deterioro a que había venido la plaza a principios del siglo XVII, movió al rey don Felipe III a disponer su completa demolición y la construcción de una nueva, digna de la corte más poderosa del mundo. Con este fin dictó las ódenes a su arquitecto Juan Gómez de Mora, dándola por terminada en el corto espacio de dos años ( en 1619 ), ascendiendo su coste total a 900.000 ducados.

La relación de sucesos, unos trágicos, otros festivos, de que desde su construcción ha sido testigo esta plaza, sería larguísimos de enumerar aquí.

El primer suceso histórico tuvo lugar el 15 de mayo de 1620, celebrándose aquel día por la villa la beatificación del glorioso Isidro Labrador.

el 30 de Junio siguiente se procede a poner tasa en la plaza para las fiestas reales, señalando los siguientes precios:

12 ducados para los primeros
8 ducados para los segundos
6 para los terceros y cuatro para los cuartos

Todo ello se entendía por las tardes; pues el disfrute de las mañanas era para los inquilinos de las mismas casas.

Habiendo fallecido  Felipe III el 31 de marzo de 1621, levantó Madrid,  pendones por su hijo Felipe IV el 2 de mayo siguiente, celebrándose la ceremonia con gran ceremonial en la Plaza Mayor.


21 de octubre de 1621 fue decapitado don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias.
19 de junio de 1622, se celebró la canonización de San Isidro, al mismo tiempo  que las de Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús  y Felipe Neri.
9 de setiembre de 1623 grandes festejos con motivo de la partida para Inglaterra del príncipe de Gales venido a España para solicitar la mano de la infanta doña María, hermana de Felipe IV.

No solamente se han celebrados festejos, también se han oficiado autos de Fe    

  

21 de octubre de 1624, el reo Benito Ferrer, por fingirse sacerdote que fue quemado en el brasero de la puerta de Fuencarral.


En 1680  tuvo lugar otro auto de fe, el más prolongado y tremendo de los que se han celebrado en la plaza, se reunieron tribunales de varias ciudades de España para juzgar a ciento dieciocho reos, acudiendo al acontecimiento el rey Carlos II y la reina.


LOS NOMBRES:

Hasta 1812 se llamó Plaza Mayor en que se promulgó la Constitución de Cádiz, se colocó sobre el balcón de la Panadería una lápida con la inscripción de Plaza de la Constitución, solo dos años después, en 1814 se arrancó la placa y se puso en su lugar, para recibir a Fernando VII, otra con el nombre de plaza Real.
en 1820 con el resurgir del liberalismo, se llamó de nuevo plaza de la Constitucióń. Sirvió sólo dos años después como campo de batalla para las luchas entre la Milicia nacional y la Guardia real terminando con la derrota de la última.

En 1823, trás la entrada del duque de Angulema y del ejército francés se retiro nuevamente la placa sustituyéndola por otra con la inscripción de plaza Real.

En 1835, tras el motín del conde de Toreno se volvió a derribar la lápida y a colocar una que decía plaza de la Co stitución.

En 1873 se llamó plaza de la República y, poco más tarde se añadió a este nombre el de Federal.

En 1874 volvió a ser plaza de la Constitución. Finalmente, volvió a retomar su nombre original y con él la conocemos hoy,



Para saber más:

El Antiguo Madrid por Ramón de Mesonero Romanos

Leyendas de Madrid de Reyes García y Ana María Ecija.

 







lunes, 6 de febrero de 2017

CON DENOMINACION DE ORIGEN

Estamos en pleno barrio chispero, un buen sitio para cruzar a la orilla derecha del barrio es el recuerdo de esta famosa casa de Tócame-Roque, enclavada en la esquina que hacen la Real del Barquillo con la modesta de Belén.


Patio central. Corredores en su entorno. Nada menos que setenta y dos familias viviendo en la casa, si a este dato le añadimos el matiz de que eran setenta y dos familias chisperas, se sufre vértigo al imaginar como era allí la “pacífica” vida cotidiana. Trifulcas a toda hora. Cantos que saltaban espontáneos de las gargantas. Siempre un niño que lloraba. El señor Epifanio, que como de costumbre había venido borracho. “Vecina ¿me puede prestar un poquito de aceite?”. “Vaya que funcionan mal los bomberos”. “¿Has oido Justa, que el casero quiere cobrar el recibo de hace tres meses? Los hay ilusos. A lo mejor es que desea el pago anticipao”. De cuando en cuando sonaba un beso, una bofetada, un juramento o un suspiro de gozo compartido. Detalle importante es que en los bajos de la casa se hallaban las fraguas más acreditadas de la Villa, con setenta oficiales de fragua y de herrería.

En 1850 se quiso derribarla, pero los trámites duraron años y años, al propagar sus inquilinos que serían “muy cortesmente recibidos” los que fueran a hacerles cumplir las órdenes municipales. Que no; que no era tan fácil ir y decirles: “oiga, amigos, que el señor corregidor se le antoja, por esto de la decencia ciudadana, que vuesas mercedes abandonen el inmueble sin rechistar.” Desde luego, que la casa no fue derribada, pero si reformada, tras ser deshauciados sus peleones habitantes; ¡ah! Eso si, solo una familia cada dos meses. Una vez más triunfó la maquiavélica máxima del “divide y vencerás”.


Difícil era allí la convivencia, que hoy calificaríamos de “paz armada” y que por algo, el vulgo denominaba a ésta y a sus semejantes, “casa de porfía”. Curioso, si señor, el nombre de marras : casa de Tócame-Roque. Aclaremos esta expresión que parece más bien la enunciación de un chiste.

Don Ramón de la Cruz nos presenta así a los primeros dueños del inmueble: “Eran dos, como dos tomates la cara, como dos barriles la panza, y como dos talegos vacios la chola. El uno se llamaba Roque; y el otro, no me acuerdo, ¡ah si !, Juan”.

La casa les llegó de herencia, pero el testamento no estaba nada claro, enfermedad muy común en los documentos de ese carácter, y comenzó la discordia. Los hermanos que hasta entonces se habían llevado como ídem, a partir de aquel momento comenzaron una disputa sin tregua. “Tócame a mi”, repetían ambos. Que si la firma; que si hubo coacción y, siempre el soniquete: “Tócame a mí”. “No, tócame a mí”. Se separaron y hasta enfermaron. Cuando se cruzaban en la calle se miraban con odio, y antes de continuar sus respectivos caminos, se entrecruzaban estas frases como si fueran aceros toledanos.

-Tócame a mí- decía Roque ceñudo.
-Tócame Roque- respondía agresivo el hermano.

Y la frase quedó; y luego como un pasquín, se pegó a la casa y al sainete.

Fuente: Leyendas y Anécdotas del Viejo Madrid de Francisco Azorín



sábado, 4 de febrero de 2017

DON GRACIAN RAMIREZ

Mucho antes de la invasión árabe, dicen que, al tiempo de verificarse esta, los piadosos vecinos de la villa de Madrid, al abandonarla, debieron esconder la imagen de la virgen de Atocha en unos prados de aquellos contornos en los que se criaba la planta tocha o atocha, (como también lo habían hecho con la de la Almudena en el cubo de la muralla) y que al poco tiempo encontró el caballero Gracian Ramírez, dueño de aquellas posesiones cuando, viniendo de su casa de Rivas (a donde se había retirado con su familia) emprendió y consiguió con algunos pocos caballeros la reconquista de su villa natal.

(Portada de Patrona de Madrid restituida, de Salas Barbadillo. En la parte inferior de esta edición de 1750 aparecen Gracián Ramírez, su mujer e hijas)

Esta primera reconquista no mencionada por ningún historiador, ha sido recibida como una tradición. Se halla envuelta en una portentosa maravilla, en un milagro de Nuestra Señora de Atocha.

Cuentan, que temeroso el valiente Gracian del mal éxito de su heróica tentativa y después de de haberse encomendado a Nuestra Señora, degolló por su propia mano a su mujer e hijas, para que, en caso de sucumbir en la lucha, no quedasen abandonadas a la brutalidad de los moros; pero que habiendo, con el favor divino, llevado  a cabo su propósito de reconquistar Madrid triunfando de los infieles, se arrepintió de su precipitada decisión primera, y regresando a la ermita de Nuestra Señora, mereció, en premio de su heroicidad, hallar a sus víctimas resucitadas al pie de la Virgen, si bien conservando en sus cuellos la huella del cuchillo de Gracian.

Supuesto, pues, este milagroso suceso, y supuesta la remotísima existencia de aquella pobre ermita, no debe extrañarnos que desde los tiempos subsiguientes a la reconquista histórica de Madrid por Alfonso VI fuese ya célebre esta imagen y este santuario.

A él acudían en devotas romerías multitud de peregrinos de todos los puntos de España, razón por la que se hubo de construir, arrimado al mismo, una hospedería para albelgarlos, cuyo patronazgo corría a cargo de la misma casa de los Ramírez ( con el tiempo de los condes de Bornos).


Leyendas e Historia de Madrid (Francisco de Azorín)

viernes, 3 de febrero de 2017

LA ERMITA DE SAN BLAS

     Esta ermita ya existía cuando se decidió construir los jardines del Buen Retiro y el lugar donde se levantaba quedó anexionado a los mismos. Fundada en 1587 por Luis Paredes de Paz y Ana González de Lezcano, era lugar de peregrinación por parte de los madrileños devotos de las reliquias de San Blas, se encontraba en un alto, el Cerrillo de San Blas, situado en la zona sur del jardín del Buen Retiro y muy cercana al convento de Nuestra Señora de Atocha, 

Sección del Plano de Texeira

A comienzos del siglo XVIII los frailes de Nuestra Señora de Atocha solicitaron al Ayuntamiento la desaparición del cerro. El promontorio aparece reflejado en el plano de Teixeira, identificada con su ermita, que fue demolida a finales del siglo XIX. El arquitecto Juan de Villanueva diseñó el Observatorio, que ocupa la posición más alta de la montaña. El edificio del Instituto Cajal, inaugurado en 1932, tuvo su sede en el cerro de San Blas cambiando su nombre para honrar la memoria de su fundador.

Fotografía de Fannatiq fachada principal del Observatorio




jueves, 2 de febrero de 2017

GENTE CONOCIDA

Hoy el blog se convierte en "prensa rosa" con números e imágenes de antaño.


AÑO 1910: La popular Chelito se fotografía vendiendo pavos, fotografía Alfonso


AÑO 1920: El gran científico D. Santiago Ramon y Cajal fotografiado en su despacho por Vidal


AÑO 1925: Insinuante y sugerente Encarnita Alcaraz, bailarina española,  es fotografiada por Diaz Casariego


AÑO 1929: Pilar Careaga, primera mujer ingeniero, subida a una locomotora. Fotografía de Vidal.


AÑO 1931: Zamora captado por la cámara de Alfonso.


AÑO 1933: La cantante y actriz Celia Gamez fotografiada por Santos Yubero en plena actuación

AÑO 1935: La Selección española de fútbol fotografiada en la estación por Santos Yubero


AÑO 1946: Don Jacinto Benavente es recibido, el 12 de Mayo, en la estación y fotografiado por Vidal.


AÑOS 50: Luis Miguel Dominguin y La Chunga conversan mientras la escena es captada por Urech.


AÑO 1955: Cas Oorthuys capta la actuación de la gran Concha Piquer en el Teatro Madrid


AÑO 1958: El actor Vittorio De Sica acompañado por Carmen Sevilla fotografíados por Urech


AÑO 1960: La actriz Marlene Dietrich es recibida en Barajas, fotografía de Francisco Ontañon.


AÑO 1969: La cantante Salomé recibe el premio como co-ganadora del Festival de Eurovisión, fotografiada por Campua.