domingo, 8 de enero de 2017

EL CRISTO DE VELAZQUEZ

La breve calle de San Roque, se desliza desde la calle de la Luna, hasta la del Pez; en ella se alza el convento de San Plácido, que guarda excelentes obras de arte, especialmente el retablo del altar mayor, obra del madrileño Claudio Coello y el Cristo yacente,  de Gregorio Hernández. Pero la atención se fija en el propio cenobio, escenario de una popular leyenda, relacionada también con un cuadro famoso: el Cristo de Velázquez.



La fudadora, doña Teresa del Valle y de la Cerda, antes de entrar en religión, mantuvo relaciones amorosas con don Jerónimo de Villanueva, protonotario del reino y amigo de Felipe IV. Al sentir la vocación religiosa, consiguió que su hasta entonces prometido cediera unos inmuebles adyacentes a su palacio para instalar en los mismos el proyectado convento de monjas benedictinas. Y, a partir de entonces la leyenda comienza a hilar su trama.

D. Jerónimo visitaba con frecuencia a las monjas de San Plácido, sus protegidas. A travésde las celosias del locutorio observó, en cierta ocasión, la hermosura de una de ellas, Sor Margarita. Lo comentó después con el rey y, al domingo siguiente, éste pudo también comprobarlo tras la correspondiente visita, se despertó en el monarca, en el mismo instante, el deseo carnal por la belleza monjil.


Conociendo la circunstancia de que palacio y convento de hallaban pared por medio, exigió a Villanueva que abriera un acceso que le permitiera entrar en la celda de doña Margarita. Don Jerónimo viéndose en un aprieto, ya que no podía negarse al capricho real, le comunicó a la priora lo que ocurría. Doña Teresa le contestó, después de escucharle en silencio, que cumpliera la orden y, sonriendo enigmática,  añadió : ” Dios proveerá "

La perforación se realizó con la mayor diligencia posible y cuando se hubo terminado se le comunicó al rey. Eran las once de la noche cuando el monarca atravesó el paso y penetró en el convento, dirigiéndose directamente  a la celda de sor Margarita. Al abrir la puerta, su sorpresa fue grande: allí estaba la monja sobre un ataúd, amortajada y rodeada de blancos almohadones entre los rezos de sus compañeras. Entonces Felipe IV retrocedió asustado y al atravesar el claustro, arrepentido, hizo la promesa de regalar al convento en desagravio, un cuadro que representara a Cristo en la Cruz, que realizaría su pintor de cámara, Diego Velázquez, y un reloj que tocaría a muerte cada cuarto de hora.


La treta de la priora dio su resultado sólo por el momento, pues el monarca no tardó en informarse de que todo había sido un engaño. Tornó al convento y logró lo que quiso; se descubrió la profanación e intervino el Santo Oficio; como éste no se atrevió a proceder contra el rey, descargó toda su indignación contra Jerónimo de Villanueva, que fue aprehendido. El preso apeló al conde-duque, ya que todo se había hecho con conocimiento y anuencia del de Olivares.


El valido no paró en barras; llamó al inquisidor general y le propuso una opción: recibir una pensión de 1.700 ducados y retirarse a Córdoba para siempre a cambio de su espontánea dimisión o quitarle los beneficios eclesiales, con el consecutivo destierro de España. El emplazado aceptó la primera oferta, advirtiendo que el proceso iba ya camino de Roma, llevado por el escribano Alonso de Paredes. Se detuvo a éste al llegar a Génova. Se recuperó el expediente, que fue quemado en la regia cámara ante la presencia del monarca; se encarceló a Paredes y se liberó a Villanueva, no sin antes imponerle la pena de prisión privada, la obligación de ayunar todos los viernes y la de no volver a pisar el convento de San Plácido, pero sí entregarle un cuantioso donativo.

No se sabe si es historia o leyenda, si doña Margarita existió o no. Lo cierto es el cuadro existente en el Museo del Prado pintado por Diego de Velázquez, procedente del convento.

Fuente: Leyendas y Anécdotas del Viejo Madrid de Francisco Azorín






sábado, 7 de enero de 2017

FABULOSO ESCENARIO: LA PLAZA MAYOR



La Plaza Mayor fue, durante el siglo XVII, escenario fastuoso de los hechos que ocurrieron en la Villa y Corte, sobre todo para los que ofrecieran solemnidad y acción dramática. Es aquí donde el cielo azul madrileño se matiza en azulado y queda enganchado en los cuatro cuernos de los chapiteles austriacos de las Reales Casas de la Panadería y de la Carnicería, es aquí donde se adelgazan los ruidos y parece que los silencios sollozan; que de un momento a otro, por la calle de Toledo va a surgir el Greco con su pincel atormentado. Aquí donde se celebraron procesiones, autos de fe, lanceamientos de toros, proclamaciones reales y sublevaciones populares


Se construyó en sólo casi dos años, de 1617 a 1619, bajo la dirección de Juan Gómez de Mora y, tras los incendios, fue reconstruida sabiamente por Juan de Villanueva. Y sigue el nombre de Juan pegado a la historia de la plaza, porque el autor el autor de la estatua ecuestre fue Juan de Bolonia que fue restaurada, después de nuestra última guerra civil, por Juan Cristóbal, y el pedestal que la sostiene fue construido por Juan Sánchez.


1619…1620…1621 Paro en esta fecha el reloj de la historia. Madrugada del día 31 de marzo. Las campanas de Madrid redoblan porque ha muerto Felipe III. No muy lejos de la plaza, en un calabozo de la cárcel un recluso ponuncia un ” ¡ soy perdido !”. Se trata de don Rodrigo Calderón, que había sido el hombre de confianza del valído real, el duque de Lerma, quien al caer en desgracia se refugia en el capelo cardenalício para salvar así su cabeza. Entonces los odios se volcaron contra el marqués de Siete Iglesias, y por ello se hallaba en prisión a la muerte de Felipe III.

Y llega el día 21 de octubre. No son campanas las que se oyen sino campanillas que piden oraciones por el alma del que va a morir. Hay un gentío en la Plaza Mayor, cuando llega el lúgubre cortejo ante el patíbulo. El pueblo ha acudido a saciar su curiosidad macabra. Don Rodrigo sube sereno las gradas, recibe la absolución, besa los pies del sacerdote, abraza al verdugo y se sienta en el banquillo. Cuando se le cubre los ojos con un paño negro, exclama:
          
                                                                     – ¡ Qué hermoso brilla el sol !.

Un golpe y cae la cabeza ensangrentada. Entonces, el pueblo madrileño, desaloja rápidamente la Plaza Mayor. Ha bastado un gesto de dignidad para hacerlo reaccionar y colocar remordimientos en los semblantes.


¿ Pero fue degollado o ahorcado? Hay opiniones para las dos opciones. El quid de la discrepancia está en lo siguiente: se degollaba a los nobles y la horca era la muerte para los viles. Don Rodrigo Calderon era marqués de Siete Iglesias y ex ministro; según ello, tuvo que ser degollado; así opinan, entre otros, Saínz de Robles y Camilo José Cela. Pero hay que tener en cuenta que al iniciarse el proceso se le despojó de títulos, honores y riquezas, por lo tanto, antes de ajusticiarlo se le había envilecido, siendo la muerte en la horca la que le correspondía; si fue así, el dicho popular : ” Tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca “, está en lo cierto.





Fuentes: Leyendas y Anécdotas del Viejo Madrid de Francisco Azorín
         Historia de Madrid de Federico Bravo Morata






viernes, 6 de enero de 2017

LOS REYES MAGOS PASADOS


AÑO 1949 
GRAN VIA - PUERTA DE ALCALÁ
AÑO 1951
ENTREGA DE JUGUETES EN EL ASILO DE SAN RAFAEL

AÑO 1954
CINE PALACE E TREGA DE JUGUETES A HIJOS DE FUNCIONARIOS
AÑO 1966
SUBIDOS A LA VERJA DE LAS ESCUELAS AGUIRRE

Fotografías de Campua

miércoles, 4 de enero de 2017

EL OTRO CURA MERINO



Martín Merino Gómez, el cura Merino, había nacido en Arnedo de la Rioja  en 1789 ; y en el  momento del atentado vivía en Madrid en el Arco de Triunfo , antiguamente en el nº 2 del Callejón del Infierno . Don Martín Merino ejercía como cura y según su declaración  solía decir sus misas en la iglesia de San Justo ( hoy Basílica de San Miguel). 


Pronto destacó más por su activismo político contra el absolutismo de Fernando VII y a favor del liberalismo tan perseguido en aquellos tiempos, que por su trabajo como capellán.

Este peculiar personaje  llegó a pisar la prisión al involucrarse en algún que otra trifulca callejera e incluso por insultar e increpar al mismísimo Rey Fernando VII o participar en las revueltas producidas a raíz del levantamiento protagonizado por la Guardia Real en julio de 1822, con el propósito de restaurar el absolutismo tras el periodo del Trienio Constitucional.

Tras esa ajetreada y activa vida política de Martín Merino que le proporcionó más problemas que satisfacciones, el religioso se exilió  y a lo largo de los siguientes veinte años anduvo ejerciendo como cura por diferentes parroquias francesas.


Nada ha trascendido de esa época, por lo que todo hace suponer que llevó una vida tranquila en la que se dedicó a sus labores pastorales sin meterse en líos.

Distinto fue a partir de 1841, año en el que decide volver a Madrid y ejerce  como capellán en la céntrica iglesia de San Sebastián de la calle Atocha. 


(Iglesia de San Sebastian) 

Un golpe de suerte en la entonces llamada ‘Lotería Moderna’ le hizo ganar un par de años después un premio en metálico de cien mil reales, una astronómica cifra para aquellos tiempos, invirtió  bien lo obtenido con el premio comenzó  un negocio de préstamos  a unos intereses altísimos. Algo que le proporcionó innumerables denuncias, al ser acusado de usurero y un buen número de peleas con aquellos a los que había prestado alguna cantidad y a los que les exigía que le devolviesen muchísimo más de lo estipulado en aquel tiempo en ese tipo de transacciones.


El 2 de febrero de 1852 fue el día elegido para la primera salida de Isabel II tras el alumbramiento de la Princesa de Asturias Isabel, la Chata, el 20 de diciembre del año anterior, cuando iba a celebrarse la presentación de la recién nacida en la Basílica de Atocha. Aquel día, Martín Merino aprovechó un descuido en palacio para atentar contra la soberana. Vestido con hábito de sacerdote, atravesó resueltamente la muralla humana y suplicó a los alabarderos que le dejaran situarse en primera fila para entregar a la reina un memorial. Cuando ésta se acercó a recogerlo, el cura extrajo un estilete del interior de su sotana y asestó con él una fuerte puñalada a la monarca en el costado derecho, de donde brotó la sangre. Isabel II lanzó un grito de dolor: «¡Ay, que me han herido!», .
Todos los presentes corrieron a auxiliarla, así como a coger a la pequeña infanta y retener al cobarde asesino. En un primer momento se pensó que la reina fallecería, pues se desvaneció y permaneció inconsciente durante quince minutos tras recibir el impacto del estilete, pero afortunadamente tan solo fue una herida que no tuvo demasiada gravedad gracias a los adornos de oro que portaba el grueso vestido de terciopelo que llevaba puesto aquel frío día de invierno y al corsé, el cual terminó de amortiguar la que podría haber sido una cuchillada mortal.


( Cárcel del Saladero )


El proceso tuvo lugar en el interior de la cárcel, donde se  colocó un altar con todos los elementos de la misa: crucifijo, misal, cáliz y candeleros. A D. Juan Nepomuceno  le acompañaban numeras autoridades eclesiásticas, y los Gobernadores Civil y Militar de Madrid y otras personalidades. El Obispo presidia la solemne ceremonia  vestido   de rojo, con báculo  , permanecía sentado de espaldas al altar y de cara al pueblo que seguía con interés la ceremonia desde la sala abarrotada  e incluso desde el exterior de la cárcel.


Se organizó rápidamente todo para que el juicio al regicida se celebrase al día siguiente el proceso tuvo lugar en el interior de la cárcel, quedando demostradas todas las prueban incriminatorias e imponiéndole el tribunal la pena capital como condena, que se ejecutaría cuatro días después, el 7 de febrero; día que fue llevado al patíbulo y allí fue ejecutado Martín Merino y Gómez mediante el garrote vil. Previamente se había celebrado una ceremonia en la que se le había degradado de sus derechos sacerdotales.


Las autoridades que investigaron el móvil y motivo del intento de regicidio investigaron cualquier posibilidad de que el cura Merino no hubiese actuado solo y tuviese algún cómplice. Incluso se llegó a señalar como posible instigador o autor intelectual al ambicioso y joven duque de Montpensier, Antonio de Orleans.

Con el fin de que los restos mortales de Merino no se convirtieran en ningún tipo de reliquia para aquellos enemigos de la corona, se decidió incinerarlo y esparcir sus cenizas por la fosa común del madrileño cementerio del norte.











lunes, 2 de enero de 2017

RUPERTO CHAPI

Ruperto Chapí nació en Villena, Alicante, el 27 de Marzo de 1851 y falleció en Madrid, el 25 de marzo de 1909. Compositor español de zarzuelas. Chapí se convirtió, en uno de los autores de zarzuelas más populares de su tiempo, con obras tan importantes como La Rrevoltosa.

Este monumento en homenaje al músico Ruperto Chapí se encuentra en el Paseo de Fernán Núñez en el Parque del Retiro de Madrid.
Se inauguró en 1921, dos años después de su muerte. Su autor es el escultor Julio Antonio (Julio Antonio Rodríguez) que quiso personificar al insigne músico semi desnudo. Está realizado en granito y bronce, con unas medidas de 6,20 x 5,90 x 2,45 metros.

domingo, 1 de enero de 2017

EL CRIMEN DEL EXPRESO DE ANDALUCIA

EL SUCESO:

A las ocho y cuarto del 11 de abril de 1924 sale de la estación de  Atocha  el  tren  rumbo  a Sevilla. Los ambulantes del servicio son Santos Lozano y Angel Ors Pérez. Al detenerse en la   estación   de   Marmolejo,   el   empleado    encargado  de   recoger   las    sacas    de    la  correspondencia avisa al jefe de que el vagón correo está cerrado y nadie  responde  a  las llamadas. No le dan importancia, pero por si acaso lo avisan por telégrafo a las estaciones siguientes.



En Córdoba, y a las seis de la mañana, el jefe de estación ordena forzar la puerta del  vagón correo, y son encontrados los cadáveres de los dos funcionarios, sobre un charco de sangre que empapa montones de cartas esparcidas por el suelo del coche.  Es  desenganchado  el coche   correo,  que  queda  en   Córdoba   con  su  triste   carga,  y   se   comunica  a  Madrid rápidamente la noticia. Los otros vagones continúan viaje a Sevilla


LA INVESTIGACIÓN:

La censura de prensa de la Dictadura  del  General  Primo  de  Rivera  impide  que  la   noticia salga a la calle hasta tres días después, a fin de que la policia pueda moverse en silencio y a su   antojo.  Alguien   achaca  el crimen a  móviles  políticos,  que  intentan   desprestigiar    el régimen del General, pero desde el primer momento la Policia opina de manera  contraria   y comienza   a  seguir  pistas.  Se  sospecha  que  el  doble  asesinato ha  sido    cometido   por delincuentes profesionales. Se organizan gigantestas redadas tomas  de declaraciones casi en serie y se inspecciona la vida en hoteles, pensiones, posadas y bares de  los  pueblos  del recorrido del expreso. Alcázar,  Aranjuez,  Marmolejo, Villa del Río, Montoro son cribados por los agentes.

Un joven mendigo que suele merodear por los alrededores de los andenes de Aranjuez asegura a la Policia haber visto a tres indivíduos desconocidos para él, a quienes pidió limosna y de dijeron:

Si te vemos por aquí el domingo ya te daremos un real para que te compres un automóvil.

Una frutera de la misma localidad declara que en la tarde del viernes 11, tres indivíduos – cuyas señas coincidían con las facilitadas por el mendigo – se acercaron y le compraron tres plátanos. Un electricista de servicio en la estación de Aranjuez afirma que cuando se detuvo el expreso, tres hombres se aproximaron al vagón correo, abrieron y subió uno. Un instante después ya con el tren en marcha, subieron los otros dos. Es el comienzo de la pista. La Policia pisa seguro.

De ello la Policia deduce que al menos el primero que subió era conocido de los funcionarios muertos. Establecido con ayuda forense, que el crímen debió cometerse entre las estaciones de Aranjuez y Alcazar de San Juan, poco después es detenido el chófer de un taxi que en la citada noche había merodeado por los alrededores de la estación de Alcázar.



El conductor del taxi, Miguel  Pedrero, declara que un hombre joven había alquilado sus servicios en Madrid, en la glorieta de Atocha, diciéndole que tenía que ir a Alcázar a recoger a unos amigos. Efectivamente, allí subieron tres personas más, y el coche e dirigió a Herencia para tomar gasolina, regresando a Madrid. El taxi se detuvo en el Portillo de Embajadores. Allí, el que lo había alquilado preguntó cuanto era la cuenta, y al responder el taxista que 210 pesetas, le dieron tres billetes de 100 pesetas y le dijeron que se quedara con la vuelta. Los cuatro hombres se despidieron del taxista y se perdieron por una calle próxima a San Cayetano.


Las averiguaciones siguientes de la Policia lleva a un piso de la calle de Toledo, por allí cerca, en el que vive un croupier de las casas de juego con tan malos antecedentes que ha sido detenido diecisiete veces. Cuando los agentes llegan a la casa, el croupier Antonio Teruel López, no está, la esposa no sabe nada. La Policia detiene a la esposa y cierra el piso. Se establece vigilancia y por la noche se descubre que hay luz en las habitaciones. La portera dice haber escuchado algo parecido a un disparo.




La Policia entra en el piso y descubre el cadáver de Antonio Teruel que se ha suicidado disparándose un tiro en la sien. En la habitación se encuentran dinero y valores de lo desaparecido en el coche correo. Ante todo ello, la esposa se decide a confesar y da a la Policia los nombres de los amigos de su marido. Uno de los nombres facilitados por la viuda de Teruel es el de Honorio Sánchez Molina.


Cuando los agentes llegan a la casa de huéspedes que éste posee en la calle de las Infantas, Honorio no está, y allí aseguran que tampoco está en Madrid, sino en cierta finca de Ciudad Real. La conversación con los familiares de Honorio da a la Policia el nombre de un José Sánchez Navarrete, funcionario de Correos. Navarrete vive con sus padres y hermanos en un piso de la calle de Orellana. Detenido, primero niega y luego confiesa haber tomado parte en el asalto, pero sin matar a nadie.


Mientras tanto, la Guardia Civil detiene en la finca de Ciudad Real a Honorio Sánchez Molina. Sus antecedentes son los de monedero falso. Poco después es detenido el tercero, Francisco de Dios Piqueras. Esta última detención la realiza también la Guardia Civil en el tren correo descendiente de Badajoz, a la altura de la estación de Almorchón. Ya están apresados los tres presuntos culpables vivos y suicidado el cuarto culpable. Ahora se trata de cerrar el cañamazo y demostrar la culpa de los tres.



EL DESENLACE :

Las actuaciones judiciales y las declaraciones de los inculpados y de los testigos ocupan ya un expediente de más de 300 folios. Un reciente decreto determina que el robo a mano armada se considera delito sometido al fuero militar. No cabe esperar, por lo tanto, un proceso largo en con dilaciones y paréntesis, sino un sumarísimo de urgencia a resolver en días, casi en horas. En los casos en que de resultas del robo a mano armada queden víctimas el delito puede ser castigado con la máxima pena. Sobre los reos pesa, pues, la pena de muerte.

Toda España espera que de un momento a otro va a dictarse sentencia cuando se produce lo imprevisto: desde París llegan noticias sorprendentes, directamente relacionadas con este lamentable suceso. Un hombre joven, bien vestido, se ha presentado en la Embajada de España para declararse autor o partícipe de los hechos. Dice llamarse José Donday Hernández y confiesa haberse encargado de contratar el taxi, pero a la vez asegura que a el no le habían dicho en ningún momento que para robar el coche correo hiciera falta asesinar a los dos empleados, sino que seguramente bastaría con narcotizarles, y que sólo por eso se atrevió a formar parte de la pandilla.


Las autorizades militares militares deciden no iniciar expediente de extradición, que hubiera exigido la pérdida de demasiadas fechas. Donday se aviene de buena gana a acompañar a un policia español hasta la frontera, traspasada la cual se considera oficialmente detenido.

Podía extrañar mucho que un hombre ya en tierra francesa, se entregue a la Policia, pero estaba justificado. La culpa de haber contratado el taxi era de escasa importancia en comparación con la del asesinato de los dos ambulantes. Cuando Donday, desde Francia, leyó que uno de los detenidos había declarado ser él quien había contratado el coche, sin tomar parte del asesinato de los ambulantes. Donday pensó que a la larga podían echarle a él la culpa del crimen, y decidió poner las cosas en claro. Los careos, las declaraciones de unos y otros permitieron a la Policia Militar reconstruir los hechos.

Al parecer, la primera intención no era asesinar a los funcionarios de correos, sino, efectivamente, dormirles con un narcótico. Los tres compinches una vez a bordo del coche correo, iniciaron una amistosa charla con los ambulantes. Poco después sacaron una botella de vino de jerez, en la que habían desleído previamente fuertes dosis de un narcótico, y les invitaron, fingiendo beber ellos también. Como pasaban los minutos y el narcótico no hacía su efecto, se decidieron a actuar fulminantemente.

El  acusado apellidado Teruel tomó una grandes tenazas que había en un cesto próximo y propinó con ellas un golpe fortísimo a uno de los empleados, que cayó de bruces. Acudió el otro ambulante y forcejeó con el criminar, pero los otros dos le sujetaron los brazos mientras Teruel descargaba decisivos sobre la cabeza de la víctima. Ya en el suelo los dos hombres, los asesinos hicieron varios disparos sobre ellos, quedando el ruido disimulado por el fragor del tren en marcha. A toda prisa tomaron los valores declarados y todo lo de valor que iba en el vagón, unas 170.000 pesetas en total, bajando sin ser vistos en la estación de Alcázar, donde les esperaba el coche previamente contratado por Donday.

No se anduvo por las ramas el tribunal militar que juzgó el tenebroso asunto de los ambulantes en el Expreso de Andalucia. Las sentencias de muerte fueron rápidamente ejecutadas. El Gobierno de Primo de Rivera se apuntó con ello un buen tanto a su favor, pues los crímenes, por la forma en que habían sido cometidos, por la publicidad dada por la prensa a todos y cada uno de los detalles, habían unificado a la opinión del país, tan dividida en otros aspectos. Dos hombres que iban trabajando en tren habían sido alevosamente asesinados; las sentencias de muerte de los culpables venían a ser la garantía de que las personas honradas que querían trabajar contaban con la protección de los poderes públicos. Aquello después de tantos años de incertidumbres y desasosiegos, de indecisiones, por todos los sectores políticos y sociales del país.