domingo, 23 de julio de 2017

ROSAS AZULES


María Paz Martínez Unciti, nació en Madrid en 1918. Conocida familiarmente como Mari Paz Unciti. Hija del Jefe Militar, Ricardo Martínez Unciti, quien no satisfecho con su Servicio a las Armas fue, además, Profesor, Matemático, Arquitecto y  Escritor... Su esposa Agustina, se dedicó en alma y vida a un hogar de diecinueve hijos, de los que Mari Paz era la pequeña. El Militar formó parte de los llamados “Últimos de Filipinas”, e intervino en la Guerra de Marruecos. A los 74 años murió este hombre de Armas y Letras, sin querer servir a la república cuando enarbola la bandera tricolor. Su familia sigue adelante con toda la fortaleza heredada del padre.


   De apariencia delicada, su firmeza interior la mueve a volcarse en una lucha incesante por España y los españoles perseguidos. En Madrid todo empieza a convertirse en hambre, miseria, asesinatos, muerte... Para luchar contra la antiespaña, se crea el llamado Socorro Azul, también conocido como Auxilio Azul, integrado por mujeres que no tardarán en alcanzar el número de seis mil. No llega a ser organizado oficialmente hasta pasado noviembre de 1936.

El Socorro Azul prestó un gran servicio, y fueron millares las vidas salvadas por éste. Por otra parte, su contribución a la victoria no fue pequeña, teniendo en cuenta el gran volumen de evadidos de zona roja que ingresaron en el Ejército Nacional. Las tareas a las que se dedicaba el Socorro Azul eran las de conseguir fondos, para lo cual hacían todo tipo de tareas: ocultar evadidos, proporcionar documentos, alimento y escondrijo, visitarlos y llevarles noticias, etc. Como la cifra de los perseguidos ocultos aumentaba, el Socorro Azul organizó dispensarios. No es necesario hablar de los riesgos continuos que corrían las mujeres del Socorro Azul.

   Mari Paz, acompañada de su hermana mayor, Carina, piden limosna, buscan escondrijos, colaboran en las fugas, van a las prisiones, jugándose la vida una y otra vez. Como ellas otras mujeres, pocas al principio, se juegan la vida en esta retaguardia. Durante el trágico final del Cuartel de la Montaña, Carina y María Paz se encuentran en el balcón de su casa, en la calle de Santa Isabel, y desde el mismo presencian la barbarie y el ensañamiento de los milicianos rojos hasta con los muertos. Desvalijándolos, pisoteándolos, arrastrando sus cadáveres por la Gran Vía madrileña.

El 30 de octubre de 1936, Mari Paz acompaña a un muchacho perseguido, Emilio Franco, un estudiante de su edad, para ocultarle en la Embajada de Finlandia y evitar así que le asesinaran . El muchacho también sería detenido y asesinado. Son los días en que las cunetas de España, especialmente en Madrid, comienzan a poblarse con los cadáveres del tiro en la nuca y las embajadas extranjeras se convierten en refugio seguro para algunos afortunados. Los dos fingen ser una pareja de enamorados pero son apresados y Mari Paz conducida a la Checa del Comité Provincial de Investigación Pública, la tristemente conocida como Checa de Fomento, que se distinguió en el robo y el asesinato de hombres, mujeres y niños. Esta checa era el brazo ejecutor de tan siniestro comité, al que el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, de la Izquierda Republicana de Azaña y grado 33 de la masonería, había entregado licencia para asesinar a cualquier persona.

   El “tribunal” estaba formado por representantes de los partidos y sindicatos del Frente Popular, que hacían turnos de ocho horas ininterrumpidamente. Especialmente intensos eran los turnos nocturnos, que eran los preferidos por los milicianos para cometer las ejecuciones. . En este siniestra checa se encuentra también una monja escolapia, la Madre Cándida, Escolapia, Profesora de la apresada que será la que más tarde revelará a su familia el martirio y los últimos momentos de la hija y hermana.

La farsa de juicio de Mari Paz se realizó la misma noche de su detención. Las tres malas bestias encargadas de juzgarla eran miembros del PCE. En realidad, no es un juicio, sino un interrogatorio en que tratan de intimidarla para que delate a sus camaradas. Fue interrogada hasta la saciedad, insultada, vejada… Sin embargo, Mari Paz calla, rezando en silencio. Su fatídico destino está sellado cuando le muestran su ficha de militante de la Falange. Es encarcelada por intentar salvar a un “fascista” introduciéndole en la embajada. No tiene escapatoria.

  Poco después, unos milicianos se llevan a Mari Paz en un camión, junto a otros presos, hasta el Cementerio de Vallecas, donde los representantes de la democracia republicana la apean. Allí morirá asesinada, fusilada en las tapias del Camposanto,

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